19.IX Treinta Y Dos Años Después.

Foto: EFE

El 19 de septiembre de 2017, la vida y la ciudad volvieron a cambiar para siempre. Soy Chilango, de menos de treinta y dos años. Así, hasta este día, el miedo a los temblores correspondía más bien a un atavismo ajeno, a un recuerdo heredado. Resultaba absurdo pensar que en el aniversario del sismo más devastador conocido por la nación algo podría suceder y mucho menos que un evento de tal magnitud se pudiera repetir. Pero a la naturaleza poco le importa lo impensable y, a pesar de la coincidencia irónica y cruel, fue en este martes cuando comprendí la diferencia entre el miedo y el terror. El miedo es estar encerrado en un edificio mientras la tierra se mueve de forma violenta e inmisericorde. Es ver cosas caer y escuchar personas gritar o llorar. Es creer que tu vida terminó en ese instante. El terror en cambio, es más simple y más profundo, es el sentimiento que crece con cada segundo en el que no sabes nada de la gente que amas.

Amo mi Ciudad. Siempre he estado orgulloso de Ella, de México, del Distrito Federal donde nací y de la CDMX en donde vivo. Me gusta conocerla, vivirla, pensarla, leerla, descubrirla… pero esta semana dejó claro el motivo por el cual es la Ciudad más Grande del mundo: su gente.

Cuando comencé a pensar sobre lo que había pasado dudaba si se era el mejor momento para escribir, para pasar las ideas en palabras. Al seguir pensando sobre ello me di cuenta que no hay un mejor momento para escribir. Las palabras son importantes y en un momento como este deben de formar parte de nuestra conciencia y de nuestras acciones. Son la forma en la que transmitimos lo que vemos, lo que sentimos y aquello por lo que luchamos.

Las palabras importan, cuando uno las piensa, las escribe, las lee, y cuando transforman la realidad para volverse parte de ella. Uno no alcanza a entender el significado de términos como valor, honor, solidaridad hasta que ve a un montón de desconocidos correr hacia las ruinas de un edificio apenas colapsado, donde el polvo aún no se disipa, para mover piedras y escombros sin cesar, sin miedo, guiados por la esperanza indestructible de salvar o ayudar a otro desconocido.

La grandeza de la humanidad reside en la fuerza con la que nos enfrentamos a nuestros miedos y terrores para salir del abismo. Las tragedias demuestran quienes somos y de qué somos capaces. En apenas dos días, la sociedad ha logrado realizar milagros como rescatar personas entre montañas de escombros, recolectar pilas de víveres, dar asilo a cientos de personas e inclusive forzar a los partidos políticos a donar parte de su presupuesto para apoyar a damnificados.

Debemos entender que es apenas el comienzo. Es necesario mantener el esfuerzo e incrementarlo: hacerlo parte de la cultura y la vida nacional.

Por último, a ti soldado, marino, brigadista, binomio canino, rescatista, bombero, voluntario que removiste escombro y rescataste la vida de alguien: gracias; a ti médico, paramédico, estructuralista, ingeniero, arquitecto, que con tu conocimiento salvaste vidas o las pusiste a salvo: gracias; a quienes prepararon comida, llevaron víveres y ropa dándole algo a quien lo había perdido todo: gracias; a quienes movieron recursos o personas en su auto, su moto, su camioneta: gracias;  a ti que le abriste las puertas de tu casa a desconocidos para dejarlos descansar, recargar su celular y sus cámaras para comunicarse con quien necesitaban: gracias; a quienes protegieron y cuidaron de los tuyos: gracias; a quienes informaban con honestidad y veracidad en medios de comunicación y redes sociales: gracias; a los que mantuvieron la calma: gracias; a los que dejaron a los demás hacer lo que tenían que hacer: gracias; a ti que sólo tú sabes cómo te sumaste a este esfuerzo titánico para vencer a la peor tragedia de este siglo: gracias.

A ti México, Ciudad, País y Nación: Gracias. Porque sí, solo nos queda reconocerlo y aceptarlo. Aquí nos tocó. Afortunadamente. En la región más trasparente del aire.