La cagaron. Esa fue mi reacción al saber que habría una secuela de Blade Runner. Afortunadamente, me equivoqué.

Buena parte de la vida está tejida entre consecuencias aparentemente irrelevantes. En la mía, una de estas consecuencias, hizo que viera Blade Runner a los diez años. “Me regalaron un DVD”, dijo mi papá un día de 1998, sin percatarse que el aparato bajo su brazo era de origen panameño. Actualmente esto no representaría ningún problema, pero a finales del siglo XX, la única forma de ver un DVD era conseguirlo en original (a la piratería le faltaban un par de años para salir del VHS).

Así, mi familia estaba obligada a conseguir películas en un formato que apenas acababa de llegar a México, en región de Panamá, 1-4. Evidentemente, la oferta era escasa. Cuatro películas, ese fue el máximo alcanzado en el catálogo de nuestra filmoteca en DVD: Un documental del concierto de Woodstock, La Princesita (de 1939 con Shirley Temple), Amadeus y Blade Runner.

La película se convirtió inmediatamente en una de mis favoritas. Con los años entendería su importancia en la Ciencia Ficción; pero, para mí, la película es, y siempre será, la gran historia de detectives que inició mi fascinación por la narrativa policiaca.

Hacer una secuela digna de este mito cinematográfico parecía imposible y, a pesar de cargar con el peso de la historia, Blade Runner 2049 lo logró.

El éxito de la película se debe a la claridad con la que preserva y continúa con tres puntos esenciales de su antecesora.

En primer lugar, la estructura. Blade Runner 2049 es, por encima de todo, una historia policiaca bien contada: donde el investigador enfrenta su deber con sus demonios y sus demonios con su código moral. Giros, puertas cerradas, persecuciones, interrogatorios, personajes fugaces y simpáticos, femme fatale, millonarios excéntricos y sin escrúpulos, diálogos mordaces; todo sucediendo en la ciudad gigante y contradictoria de los detectives: Los Ángeles.

El sello estético. La única ventaja que tenía la secuela sobre la original era el desarrollo tecnológico. Entre arrabales con anuncios monumentales de realidad virtual y una banda sonora envolvente, el resplandor sensorial del cyberpunk distópico, kitsch y neón, fue llevado al límite. A eso hay que agregarle varias secuencias que ya forman parte de la historia del cine, entre ellas una escena sexual.

La duda. No todo puede ser forma y técnica. La función fundamental del arte no es tener respuestas categóricas e inapelables; por el contrario, es usar la ficción para cuestionar el mundo que nos rodea y transformarlo. La película, como su antecesora (y la novela original), tiene muchos cabos sueltos trascendentes fuera de la trama. ¿Deckard es un replicant? Es la pregunta desde 1982, pregunta que bien vale el boleto para Blade Runner 2049. Después de cinco horas de Blade Runner (vi las dos películas el mismo día en el mismo cine) la duda sigue en nosotros, en el mundo de 2017 y en el de 2049. La duda acopla a las películas entre sí y conecta a las películas con el público.  Cuando nos preguntamos si los androides sueñan con ovejas robóticas, en realidad estamos pensando ¿Qué nos hace humanos?