El cine alguna vez fue mudo, sin embargo nunca ha sido –ni será- sordo. Desde el momento en el que una orquesta sonó junto a una película, la música ingresó para siempre como un elemento necesario y simbiótico en el mundo cinematográfico.

No toda la música en el cine resulta trascendente. La mayoría de las bandas sonoras ayudan a matizar al resto de los elementos y la conjunción final acaba por disiparlas dentro del cosmos de una película. Sin embargo, hay películas donde la música es el catalizador emocional. Adhiere los elementos narrativos y los artísticos en una experiencia íntima.

La música convierte la historia de la pantalla en nuestra historia. El impacto musical es un detonador mnemónico de imágenes, sonidos y sentimientos. Recuerdos de una sala de cine donde una trompeta melancólica hace aparecer un letrero con la mano que mueve los hilos y una voz pidiendo justicia: I believe in america; o tal vez una pantalla que dice “A long time ago in a galaxy far, far away…” y la explosión sonora de la orquesta y letras amarrillas alejándose en el espacio.

Las bandas sonoras se pueden catalogar en dos: las de selección y la composición.

Las de selección, parafraseando Rob Gordon en High Fidelity (Stephen Frears, 2000) –una gran película, adaptada de una gran novela, con una gran banda sonora–, se basan en un principio fácil de entender y difícil de lograr: usar la obra de alguien más para decir lo que tú sientes. Es algo delicado.

Muchos directores han logrado conjuntar a la perfección una canción con una escena, pero ninguno como Stanley Kubrick. Además de ser un genio como cineasta, Kubrick es, probablemente, el promotor de música “clásica” más importante de la segunda mitad del S.XX. En todas sus películas la música parece ser un personaje más, ya sea alimentando la locura/curación de Alex en Naranja Mecánica o trayendo a la vida una pintura romántica con Barry Lyndon. Sin embargo, en ninguna de sus obras, la música tiene tanta importancia como en 2001: Odisea del espacio. Dos momentos son claves en la historia del cine y la música dentro de esta obra maestra: las naves espaciales flotando en el espacio y el monolito. El primer momento es una coreografía sutil y elegante al ritmo del Danubio Azul de Strauss. La ciencia, con su estética, técnica y cerebral, bailando con la naturaleza. En el segundo, la colisión de Also sprach Zarathustra libera el miedo y la esperanza contenidos en la contemplación humana frente a la enormidad del universo.

Ahora, la composición. La música diseñada para una película generalmente no destaca. Se mueve en el fondo de la película y ahí se queda, si destaca es porque la película no logra una conexión con el espectador y tiene tiempo de apreciar detalles en lugar de sumergirse en la historia. En contra de esto hay música que no sólo sobresale sino que trasciende. Son destacables los casos ya mencionados de John Williams y Nino Rotta; pero mi compositor favorito de música cinematográfica es Ennio Morricone. Con una carrera tan prolífica como longeva, lo impresionante del maestro romano radica en la capacidad de adaptación en cada género cinematográfico, podría parecer que las películas están hechas para trasmitir las emociones de su música y no al revés. ¿Qué tienen en común la batalla por Chicago entre Al Capone y Eliot Ness con la belleza paralizante y taciturna de una mujer esperando el retorno de su esposo? ¿O la amistad entre un viejo, un niño y un cine con el perdón indígena al conquistador en las cataratas de Iguazú? Morricone, eso tienen en común. El western le debe tanto o más a este italiano como a John Wayne o Clint Eastwood. Y en este último género, con The Hateful Eight, la vida y la longevidad, en un giro irónicamente sabio, le permitieron ser un homenaje de sí mismo rematado, por increíble que parezca, con su único Oscar (ganado) a los 87 años.

En pleno 2017 LALALand vino a confirmar que la relación entre el cine y la música está más viva que nunca. Así, a más de un siglo después de su invención, seguimos esperando lo mismo del cine. Historias que nos conmuevan y en el mejor de los casos una tonada que nos transporte a Los Angeles de los veintes, Roma en la posguerra, otra galaxia o las profundidades de los sueños.